στο μεταξύ

El resurgimiento del catolicismo entre los jóvenes

Cada vez que cometo el error de entrar en YouTube sin usar ningún medio alternativo se me bombardea con una serie de vídeos celebrando o criticando el resurgimiento del catolicismo entre los jóvenes. Esta supuesta tendencia resulta muy útil para llenar más horas de podcasts y conversaciones que llenen nuestras vidas con más ruido del que realmente necesitamos. Pero, ¿estamos realmente ante el resurgimiento de una religiosidad más tradicional?

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos, que cada vez que veo a algún famosete criticar a la Iglesia y a todos aquellos que ven en ella una salida a los males de la vida moderna, me entran ganas de agarrar el rosario más cercano, apagar el rúter, e irme a echar una hora de adoración eucarística. El impulso está ahí, pero dudo que sea la solución. Elegir al bando contrario sólo sirve para reforzar las dicotomías artificiales que interesan a unos pocos y nos afectan a la mayoría.

Entiendo perfectamente por qué el catolicismo y sus promesas resultan tan tentadoras y liberadoras para una juventud a la que se le ha arrebatado todo sentimiento de tradición y trascendencia. Yo también pasé por lo mismo. La belleza de las iglesias y el arte sacro contrasta con el nihilismo tecnológico y la basura que es el arte moderno; el rígido sistema moral católico sirve como una gran alternativa al relativismo moral que nos corroe como sociedad; y, evidentemente, saberse parte de una gran familia universal sirve de antídoto contra la mayor oleada de soledad y depresión jamás vivida por los jóvenes.

Toda esta estructura puede ser de utilidad para algunos, pero dudo que se trate de una solución realmente beneficiosa (aunque todavía la considere una forma de vida más sana que la que se nos vende desde los púlpitos de la tecnocracia). Tan sólo puedo hablar desde mi experiencia. Sentirse atrapado por un sistema de pensamiento para buscar refugio en otro sistema similar no era lo que andaba buscando, aunque tardase años en darme cuenta. Pasé de tener miedo de pensar o decir ciertas cosas a tener miedo de pensar y decir otras cosas distintas; la cuestión es controlar al personal. Lo importante, en definitiva, es cercenar la independencia del individuo y conducirlo hacia los objetivos de una u otra élite.

No sé ustedes, pero yo no necesito más voces tratando de convencerme de lo enormemente equivocado que estoy, bastante tengo con la mayoría de las voces presentes en Internet. De hecho, no necesitamos la figura del sacerdote (enormemente estereotipada, por otro lado) para recibir sermones, para eso ya tenemos a todos esos “creadores de contenido” que tratan de convencernos, siempre con una sonrisa, de cambiar cada aspecto de nuestra vida, desde nuestra dieta a nuestra rutina matinal. “¿No pasas una hora cada mañana mirando la chimenea que ni siquiera tienes? Lo que te estás perdiendo”. “¿Todavía usas un smartphone? Pero cómo se puede ser tan borrego, bro”. “¿Comes carne? Yo no hablo con fascistas”. “Mis pronombres son…”. Etc, etc, etc.

Pasar de pertenecer al globalismo y a la ideología woke para pasar a ser un miembro más del rebaño de otro amo no supone un avance, al menos a mi parecer. Los que antes citaban a Marx ahora citan a Chesterton o a santo Tomás de Aquino, no habiendo leído ni entendido a ninguno de ellos. Cambiar la bandera de Palestina por el emoji de una cruz en la bio de Instagram no supone un cambio realmente trascendente, sino un traslado de celda.

Este tema puede resultar muy fructífero para ciertos vende-libros, pero dudo que vayamos a ver un resurgimiento de la religiosidad que tenga más profundidad que un charco en la carretera. Mientras tanto, la parroquia de mi barrio sigue tan vacía como siempre y las buenas gentes que la sostienen ven cómo progresivamente una forma de vida tan ligada a lo que somos como nación se hunde poco a poco en las turbulentas aguas de esta realidad que nos ha tocado vivir.