στο μεταξύ

Escribir temprano: sobre mi proceso creativo

     Castilla la Novísima despierta
y yo, desde mi patio, con mi pluma
y el humo de mi pipa escribo versos
antes de que comience la jornada.
Hay un poema oculto en la mañana,
unos versos que nacen del silencio
de un escritorio en calma, sin molestas
distracciones que rompan, sin quererlo,
todos los pensamientos que aparecen.
Escribir bien temprano, si es posible,
me ayuda a concentrarme en lo esencial,
antes de que mi mente abra las puertas
a todos los problemas y cuestiones
que a lo largo del día se presentan.
     Entran por mi ventana los sonidos
de aquellos pajarillos que en su vuelo
sus harmoniosos cantos nos regalan.
También oigo a los coches, las vecinas,
numerosos ladridos y algún perro.
A todos los escucho cual canciones
del viejo cancionero de mi pueblo.
     El poeta, además de fingidor,
es alguien que se para a contemplar
el tapiz de colores que a menudo
se despliega ante todos los que observan.
Yo ni quito ni pongo, soy sincero
en mi humilde observar, siempre pretendo
no juzgar, aunque falle en el intento.
     Hay veces que del coco poco sale
y es en esos momentos cuando debo,
a mi pesar, dejar la pluma a un lado
y buscar en los libros, mientras tanto,
aquello que los grandes escribieron.
También me ayuda darme un buen paseo.
Andar despacio, paso a paso, siempre
aclara mis ideas por lo menos.
Pero si ni con esas nada sale,
lo mejor es dejarlo y olvidarse,
ya que probablemente nuestra musa
esté en un chiringuito de Barbate.
     Poco misterio tiene ser poeta.
Tan sólo hay que ponerse cada día
a practicar las reglas de este oficio
y no olvidar que somos aprendices
de tantas otras plumas que nos dieron
todas las herramientas necesarias
para andar el camino que, incompleto,
aguarda nuestros pasos en silencio.
Si esta llama queremos conservar,
tenemos que olvidar nuestra soberbia
y ser los ignorantes que despiertan
tras mucho ejercitar nuestra prudencia.

P.G.F.
(1 de septiembre de 2026)

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