Leemos películas, no libros
Cuando intento leer novelas escritas recientemente (de este siglo, para ser más exactos), no puedo sino apreciar ciertas técnicas narrativas y patrones que me hacen pensar que no estoy leyendo un libro, sino una película. Intentaré explicarme.
Hace años, no recuerdo exactamente cuándo, escuché a un conocido catedrático decir que la literatura moderna se asemeja más a guiones de cine que a las novelas escritas siglos atrás. Tardé en comprender de una forma práctica a qué se refería. Últimamente he intentado leer varias novelas de autores contemporáneos (algo que no suelo hacer, no por elitismo, sino por desinterés) y no tardé en darme cuenta de lo que el catedrático apuntaba en uno de sus vídeos: las técnicas narrativas seguían más la lógica de un director de fotografía que la de un narrador a la antigua usanza.
En el mundo anglomangante se dice mucho eso de show, don’t tell; no, cabrón, tell me, porque para algo estoy leyendo un libro. Estás usando palabras, no cámaras, así que vamos a dejarnos de tanto show y vamos a practicar más el tell.
Uno de los aspectos más claros es el hecho de que cada capítulo parece una escena de una película. Los hay que duran varios párrafos, tal y como sucede en algunos largometrajes, donde en unos segundos se nos muestra algo que necesitamos saber; los hay, a su vez, que cambian completamente de escena y nos muestran a personajes que se pueden encontrar en un espacio físico totalmente distinto al mostrado en el capítulo anterior. Esto me hace pensar que cuando el autor estaba planeando la historia en su cabeza, la imagen resultante seguía más la lógica cinematográfica que la literaria.
Y esto no debería extrañarnos. Los autores decimonónicos o renacentistas no tenían el lenguaje cinematográfico que tenemos a día de hoy. Supongo que sus imágenes mentales a la hora de planear la historia serían muy distintas a las que podemos tener a día de hoy. Me imagino que el autor contemporáneo promedio ha visto más películas que libros ha leído, algo que, evidentemente, ejercerá una clara influencia a la hora de pensar historias.
En la literatura clásica encontramos ejemplos de escenas que se escapan a la línea temporal de la narración, pienso, por ejemplo, en las numerosas voces narrativas de Cumbres Borrascosas, donde una entrada de diario nos lleva años atrás para mostrarnos una escena a la que el narrador nunca tuvo acceso en persona. Pero aun así, esas escenas se nos contaban, no se nos mostraban. La literatura moderna opera en términos muy diferentes. Y esto no es algo necesariamente negativo, tan sólo es un reflejo del tiempo que nos ha tocado vivir, de la misma forma que el verso libre en la poesía refleja el caos moral y filosófico y el rechazo a la autoridad de la tradición tan presente en los tiempos que corren, el que esto nos guste o nos provoque rechazo es algo personal.
Otro de los elementos comunes que se pueden apreciar es el uso del lenguaje en los diálogos, los cuales son más simples y escuetos que los de la literatura clásica. Se busca, en definitiva, una supuesta autenticidad, aunque eso conlleve el empobrecimiento de la expresión y un uso coloquial del lenguaje que no hace justicia al rico vocabulario de nuestra lengua. Este tipo de lenguaje parco tiene sentido en el cine, donde cada segundo cuenta y se pretende presentar algo semejante a la realidad, al menos en la mayoría de los casos, pero la literatura es otra cosa; si no hacemos un uso rico del lenguaje en las páginas de los libros, no sé dónde lo vamos a hacer.
Teniendo todo esto en cuenta, me pregunto cómo serán las novelas que se escribirán cuando los autores del futuro formen su voz narrativa en base a los videojuegos y no en base a los libros o al cine, aunque todo eso está todavía por ver.