Una charla con un señor mayor de veintinueve años
Nota: esta entrada se me fue un poco de las manos mientras la escribía. Para su óptimo disfrute, considérenla una conversación con un señor mayor en la barra de un bar con una Cruzcampo en la mano. Gracias por su atención.
A la hora de escribir entradas para este blog, me resulta bastante complicado no acabar llenando mis documentos de texto con la negatividad que parece reinar últimamente. Cuando exploro las nuevas entradas que se suben a Bear Blog, encuentro principalmente temas relacionados con el terrible uso que se está haciendo de la tecnología, lo difícil que es vivir en estos tiempos, cómo nuestras experiencias ya no se sienten tan reales como antaño, etc. En este clima de pesimismo generalizado, un servidor se pregunta si sería adecuado cubrir temas más positivos cuando estamos rodeados de tantos problemas: la imposibilidad de construir un futuro si eres joven, la vigilancia masiva y el control a la ciudadanía a través de la tecnología, lo falso de las modas y lo vacía que se siente la vida moderna, etc.
Toda esta negatividad podría tener un gol meramente algorítmico: lo negativo vende, lo positivo no. Es más probable remover las emociones de los lectores escribiendo sobre los males a los que se enfrentan. En un estudio de la Universidad de No-Me-Acuerdo-Dónde-Lo-Leí, se demostró que tendemos a recordar las experiencias negativas más que las positivas o, dicho de otra forma, lo negativo nos estimula más. Tal vez esto se deba a un mecanismo evolutivo que nos ayuda a centrarnos en los problemas que debemos resolver; pero qué sé yo, tan sólo soy un tío cansado.
La cuestión es que toda esta negatividad puede llegar a afectarnos de formas de las que probablemente no somos conscientes. Es relativamente común encontrar vídeos hablando sobre cómo los hobbies, lo que aquí en España creo que llamamos "aficiones", se han convertido en otra forma de ganar puntitos sociales en las redes digitales que nos atrapan. Ya no disfrutamos de hacer algo, disfrutamos de que otros nos vean haciéndolo. Se nos ha inculcado la necesidad de retransmitir todos y cada uno de nuestros intereses, convirtiendo el mero disfrute en otra competición regulada por el maldito algoritmo.
¿Ves? Quería escribir una entrada hablando sobre cómo todo lo que leemos últimamente en estas plataformas nos deprime y he acabado adoptando un tono deprimente o, al menos, hablando de algo negativo. Me resulta complicado hablar de temas que realmente me interesen, temas que alegran mis días y me ayudan a seguir adelante. En su lugar, sólo hablo de lo mal que está todo. Tampoco pienso ofrecer soluciones, ya que aunque las tuviera no busco convertirme en otro de estos vende-libros o llena-podcasts que tanto me cansan. Porque, de todos modos, ¿quién narices soy yo para decirte lo que tienes que hacer con tu vida? Qué pereza de todo. Bastantes gilipolleces hay que aguantar en nuestra vida diaria como para buscar más en Internet.
Cuando leo lo que las buenas gentes escriben en esta plataforma o cuando aporto más ruido a la misma me pregunto, ¿y si la solución es abandonar Internet y a tomar por culo? Porque si te dijera que comer pizzas de pepperoni del Mercadona hace que mi barriga haga ruidos extraños, lo más normal sería aconsejarme que no comiera más pizzas de pepperoni del Mercadona, ¿no? Entonces, ¿qué narices hago en Internet si soy más que consciente del efecto que tiene sobre mi pobre cabeza? ¿Puede ser que todavía tenga esperanza de encontrar ese blog que me ilumine y me haga alcanzar el tan ansiado nirvana? Porque viendo el panorama, lo único que voy a alcanzar es el frigorífico para beberme una cerveza.
Puede ser que nos hayamos acostumbrado al chute que recibimos al leer algo negativo con lo que resonamos, pero esta tendencia hace que Internet sea un páramo de sufrimiento y quejas incapaz de aportar nada positivo a nuestras vidas. Vale, podemos encontrar alguna que otra receta y podemos aprender idiomas, escuchar música, etc. Pero el aspecto social de Internet se ha ido corrompiendo de tal manera que lo único que hacemos es bañarnos en nuestro propio sufrimiento colectivo sin siquiera plantearnos escapar del mismo.
Háblame de tus aficiones, de tus intereses, de lo que te hace reír, de lo que hace que te emociones, de aquello por lo que luchas, de aquello por lo que te gustaría luchar, de cómo lucharías para conseguirlo, pero, por el amor de Dios, cállate de una puta vez con la IA, el algoritmo y la madre que los parió. Está bien reconocer el problema, pero cuando tan sólo nos quejamos, en algún momento habrá que hacer algo. Por mi parte, lo que haré será minimizar el tiempo que paso en Internet, darme un paseo o dos, beberme una Cruzcampo, escuchar la música que hace que se me salten las lágrimas e intentar no caer en las redes del pesimismo, porque donde hay redes, hay pescadores.